A la hora de querer a alguien, creo que sólo me contengo en un principio. Las razones son evidentes, a nadie le gustaría sufrir y es preferible conocer algunos rasgos de la otra persona para empezar a mover ficha y, más tarde, empezar a sentir.
Después, pasado ese lapso de tiempo, me convierto en un ser a la mitad. Para sentirme completa necesito a la otra persona y además, considero vivir en un estado de fusión con ella.
Creo que tengo un problema.
Lo amo.
Siempre he tenido la idea de que ofrezco muchísimo. Me quedo con la sensación de ser sacrificada, atenta y detallista, pero no por la necesidad de recibir lo mismo, es más, ni siquiera lo pienso, sino porque me resulta gratificante tener conciencia de que en el mundo hay alguien a quién hago feliz plenamente.
No me importa en absoluto sentirme mal por cualquier causa si esa acción da como resultado que él se sienta bien, o le agrade lo que hago. Lo llevo a la práctica desde siempre y creo que es algo que no podré erradicar.
Pero cuando llega el momento de afrontar una ''crisis emocional'' me derrumbo. Por mi cabeza solo pasan esos momentos en los que he dado tanto y entonces llego a la conclusión de que no debería volver a ser así de entregada.
Es una desgracia que me pesa. El reconocer mis maravillosas e innumerables buenas acciones (claro que sí, Lorena) y las (sólamente) innumerables cagadas de él.
Me odio por hacerme a mi misma la desgracia de ser vulnerable. Me doy asco pensando en lo que dejo de hacer por hacer otras tantas que ni siquiera llaman mi atención. Entonces, solo pienso en lo que sería dejar de compartir mi tiempo, mis ganas y mi cuerpo con él y empezar a compatibilizar con otra mitad siendo menos gilipollas.
Pero es que creo que tengo un problema.
Lo amo.
El resultado es que vuelvo de nuevo y caigo. Caigo en sus brazos y dejo que la vida, que es así al fin y al cabo, me de muchísimas más alegrías y otros tantos palos.
Después, pasado ese lapso de tiempo, me convierto en un ser a la mitad. Para sentirme completa necesito a la otra persona y además, considero vivir en un estado de fusión con ella.
Creo que tengo un problema.
Lo amo.
Siempre he tenido la idea de que ofrezco muchísimo. Me quedo con la sensación de ser sacrificada, atenta y detallista, pero no por la necesidad de recibir lo mismo, es más, ni siquiera lo pienso, sino porque me resulta gratificante tener conciencia de que en el mundo hay alguien a quién hago feliz plenamente.
No me importa en absoluto sentirme mal por cualquier causa si esa acción da como resultado que él se sienta bien, o le agrade lo que hago. Lo llevo a la práctica desde siempre y creo que es algo que no podré erradicar.
Pero cuando llega el momento de afrontar una ''crisis emocional'' me derrumbo. Por mi cabeza solo pasan esos momentos en los que he dado tanto y entonces llego a la conclusión de que no debería volver a ser así de entregada.
Es una desgracia que me pesa. El reconocer mis maravillosas e innumerables buenas acciones (claro que sí, Lorena) y las (sólamente) innumerables cagadas de él.
Me odio por hacerme a mi misma la desgracia de ser vulnerable. Me doy asco pensando en lo que dejo de hacer por hacer otras tantas que ni siquiera llaman mi atención. Entonces, solo pienso en lo que sería dejar de compartir mi tiempo, mis ganas y mi cuerpo con él y empezar a compatibilizar con otra mitad siendo menos gilipollas.
Pero es que creo que tengo un problema.
Lo amo.
El resultado es que vuelvo de nuevo y caigo. Caigo en sus brazos y dejo que la vida, que es así al fin y al cabo, me de muchísimas más alegrías y otros tantos palos.




